Extracto de Las cenizas de una maldición


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PRÓLOGO

        Desde que nací, mi familia ha estado maldita.
        Nuestra casa está ubicada en las afueras de Las Raíces, un pequeño poblado al sur de un conglomerado montañoso conocido como El Champiñar, por la cantidad de setas que hay por la zona. Dentro de la región de Eldos, El Champiñar es conocido por lo aislado que está. Es muy difícil establecer rutas de comercio seguras, el terreno de cultivo es hostil y está alejado de cualquier costa. Desde tiempos inmemoriales, la gente de El Champiñar solo ha conocido a otra gente de El Champiñar hasta el punto de desarrollar características físicas únicas en la zona como una nariz aguileña de gran tamaño o unos rasgos con el color propio del lugar: el excremento. Porque sí, vivir en Las Raíces es una mierda.
        A pesar de vivir alejado de la población, siempre ves a las mismas personas, los mismos árboles y los mismos champiñones. Los raizarros (hasta el gentilicio es una mierda) mantienen una especie de mentira colectiva en la que todos aparentan llevarse bien, ya que levantar la voz más de la cuenta implica generar un problema a escala champiñar. Por lo que todos los habitantes sonríen y se saludan aun sabiendo las puñaladas que uno le ha dado a otro, los cuernos que otro le puso al de más allá o los rumores que el de más allá esparció sobre uno. Como, por ejemplo, que mi familia está maldita.
        Es cierto que nunca hemos gozado de mucha suerte, nuestros padres fallecieron cuando yo tenía diez primaveras y mi hermano menos de tres, pero de ahí a tildarnos de «maldita» es sobrepasar unos límites. Cuando dejas de ser Sora, la huérfana; y pasas a ser Sora, la caníbal y después Sora, la condenada; los raizarros te empiezan a mirar con más suspicacia. Evitan tratar contigo, se alejan, no escuchan tus peticiones o tus sugerencias. Te saludan como si fueras uno más de ellos para no alarmar a nadie, pero para ellos no eres más que un champiñón venenoso.
        Como toda historia, nuestra supuesta maldición también tiene un comienzo y, en mi caso, un final. Mi hermano continúa con la carga y espero que lo haga muchos más tiempo.
        Todo se remonta a su nacimiento, que trajo una vida pero se llevó otra. Mi madre falleció en el parto debido a unas complicaciones inesperadas. Quizá se debiera a que el matasanos que se iba a encargar de asistirla (y que nos sonrió y saludó esa misma mañana) no apareciera tal y como nos prometió. Mi hermano, Ashy, nació como un bebé arrugado con las facciones típicas de un raizarro más, nada fuera de lo normal. Con mi madre, por otro lado, sí sucedió un evento extraordinario.
        Tras varios minutos desangrándose en la caseta de madera sin apenas muebles, apostada ella sobre una manta gruesa que después íbamos a usar para cubrirnos del gélido invierno, las exhalaciones se tornaron leves suspiros y, estos, en un silencio que reinó la única habitación de la casa. Tras unos momentos donde mi padre trataba de aguantarse las lágrimas, mi hermano lloraba cubierto de una segunda manta mucho más pequeña en mis brazos y yo daba mis primeros coletazos de raciocinio al intentar entender qué estaba sucediendo; lo inimaginable sucedió: mi madre se elevó mientras se transformaba en motas de polvo monocromático, no más grandes que el blanco de la uña.
        Una vez todo el cuerpo hubo desaparecido, la infinidad de puntos salieron disparados apuntando a donde, hacía unos momentos, estaba el corazón de mi madre. Se concretaron hasta el punto el que formaron una losa de piedra fina, negra con ciertas motas grises y blancas que le dotaban de un estampado único para los raizarros. Era del tamaño de un par de pulgadas y más delgada que el grosor de un dedo.
        Esa dichosa losa fue el inicio de la maldición.
        Todos podíamos ver la roca, pero solo mi hermano podía cogerla e interactuar con ella. Cuando mi padre o una servidora trataba de agarrar lo que pensábamos que eran los restos de mi madre, desaparecía como si fuera una alucinación.
        Con cuidado, hicimos que mi hermano, que se movía sin ton si son, colocara la roca en una de las dos repisas que había al fondo de la habitación. Era un lugar elevado que, según mi padre, honraría la grandeza de mi madre. Tiempo después confesó que también era para que mi hermano no pudiera romperla.
        Esa piedra fue, para muchos raizarros, el símbolo de que estábamos malditos y, para nuestra familia, el testigo perenne del mal augurio que sufrimos.
        Unas primaveras más tarde, cuando mi hermano ya tenía la habilidad necesaria como para hablar y andar al mismo tiempo, mi padre decidió que lo mejor era llevárselo al trabajo mientras yo permanecía con los quehaceres del hogar: revisar posibles nidos de ratas bajo tierra, recoger talco y machacarlo para lavar la ropa en el río, recolectar nuestros champiñones favoritos…
        No había pasado ni un ciclo lunar con la nueva rutina cuando en el pueblo se peregrinaba la desgracia de mi familia porque resultó que mi padre había fallecido. Nunca acabé de saber por qué se dio, el boca a boca deforma mucho la realidad y más si es para relatar una leyenda negra; y mi hermano solo tiene lagunas y pequeños destellos del momento. Según se cuenta, Ashy traspasó el cordón de seguridad, que habían puesto en exclusiva para él, y toqueteó el saliente que no debía, lo que derivó en un breve derrumbamiento donde el único damnificado, cómo no, fue nuestro padre.
        Entre tres hombres lo cargaron hasta casa para que pudieran tratarlo. Estaba inconsciente y con una brecha enorme en la cabeza. Sangraba de forma incesante, en lo que parecía una poética metáfora de la muerte de su mujer. Su piel había perdido color de un momento a otro y la respiración era entrecortada y seca. Solía alterarse con alguna tos que provocaba espasmos en el cuerpo y disparaba chorros por la herida. Por otro lado, mi hermano vino con dos marcas de manotazos en las mejillas y los ojos rojos.
        Los compañeros de mi padre trataron de ayudarme al principio, pero uno a uno se fueron marchando al rememorar los eventos ocurridos con mi madre un trienio atrás. Uno se excusó diciendo que iba a llamar a un doctor que nunca llegó, otro se alejó argumentando que no había salvación posible y quería pasar tiempo con su familia (a la mañana siguiente lo encontré durmiendo borracho frente a la puerta de la posada) y el último, el que más tardó en irse, dejó una recomendación:

        —Buscad una seta que desprenda un hedor nauseabundo y haced un ungüento con ella. Después se lo debéis aplicar sobre el corte y esperad. Se recuperará.

        Ingenua de mí, le hice caso sin saber qué vegetal estaba buscando y sin ser consciente que los champiñones malolientes suelen ser venenosos y el que este hombre aconsejó es uno tan inusual que suele verse una o dos veces entre primaveras.
        Ingerir la seta con la que hice una masa viscosa y blanquecina no suele ser un problema mayor, ya que provoca náuseas y problemas digestivos. Nada que un par de noches de reposo y una tina junto al lecho no resuelvan. Pero claro, yo lo apliqué sobre un tajo abierto al torrente sanguíneo y que comenzaba a infectarse.
        Mi padre dejó de gimotear a las horas para entrar en un silencio desolador. El cuerpo se le estaba hinchando, con especial atención en la parte del golpe donde había dejado de sangrar, pero un líquido rojo se encontraba coagulado luchando por liberarse de una pared semitransparente de tono amarillento que la encerraba. Tenía los ojos llorosos, continuamente, y los espasmos fruto del dolor, se convirtieron en escalofríos rítmicos que se daban cada pocos minutos. Era incapaz de hablar o moverse.
        A la mañana siguiente había dejado de respirar.
        El cuerpo estaba bañado en una serie de fluidos que abarcaban desde un blanco antinatural hasta una mezcla de ocre y verde musgoso. Había manchas rojizas en ese lago pero no acababa de adivinar el origen. Me acerqué al cuerpo para darle una despedida, como no pude hacer con mi madre, y apoyé ambos codos sobre su pecho. Esto produjo un último suspiro involuntario que deshinchó el cuerpo y ocasionó el mismo proceso: una nube de polvo volante que, cuando se elevó una braza del suelo, se concentró en un punto y dio lugar a una segunda piedra que, esta vez, solamente yo podía manejar.
        El tamaño era mucho mayor a la de mi hermano, casi de un palmo de largo, pero con el mismo grosor. Eran idénticas en tonalidad, dureza y forma si no se tiene en cuenta las irregularidades que conformaban su borde. Siempre he pensado que la mía era mucho más grande porque era la hermana mayor y no fueron pocas las ocasiones que chinchaba a Ashy usando las piedras como ejemplo.
        En un acto de madurez, tratando de replicar a mi padre primaveras atrás, coloqué mi piedra junto a la de mi hermano para que fueran testigos de nuestras próximas desventuras. La familia ya había pasado de ser una con mala suerte a la pareja de huerfanitos a la que se sonreía y saludaba, pero nada más.
        Con unas diez primaveras, si la memoria no me falla, tuve que tomar las riendas de las cuatro paredes a las que llamábamos hogar y alimentar tanto a mi hermano como a mí misma. No fue sencillo, pero, tiempo después, supe apreciar la tranquilidad que hubo durante ese tiempo. Una donde simplemente éramos ignorados y no señalados.
        Mis cometidos no cambiaron mucho respecto a los que hacía cuando estaba vivo mi padre: limpiaba, aseaba, recolectaba y cocinaba. Sin embargo, ahora lo hacía en otras casas también. No me pagaban con dinero, jamás he visto más de tres monedas de bronce en mi mano, pero nos daban las sobras o los alimentos que lucían maltrechos.
        Eran comestibles para gente con hambre.
        Gozábamos de un estómago saciado solo durante las épocas de sol, porque otra de las grandes ventajas que tiene El Champiñar como residencia habitual es que el frío golpea duro. Demasiado duro. Los vientos traen consigo nubes que lo ven como lugar idílico para descargar libras y libras de nieve y granizo, lo que acaba provocando ventiscas que pueden durar hasta un ciclo lunar. Los feligreses dirán que es fruto de La Ventisca, uno de nuestros tres dioses, pero para mí era la balanza del mundo equilibrando los saludos y las sonrisas.
        Los raizarros han aprendido a lidiar con ellas. Si entras en cualquier casa que no sea la nuestra, verás una gran despensa con un cartel que indica “Protección ante La Ventisca”. Abrirla te llevará a un paraíso de carne de jabalí sazonada en tarros de un codo de alto, legumbres a mansalva, verduras secas y, algún que otro afortunado, pescado en conservas. El equipamiento perfecto para sobrevivir a la inactividad durante semanas. En nuestro caso, aprendimos a cazar ratas.
        De una forma u otra nos las arreglamos para sobrevivir. Cierto es que no era en las mejores condiciones, lejos estaba nuestra figura de la fortachona y grande que predomina en Las Raíces, pero, bajo nuestro concepto de felicidad, éramos felices.
        Durante ese periodo, ingenua de mí, todavía confiaba en los raizarros por lo que quise que Ashy tuviera relación con el poblado. Lo animé a participar en algunas actividades que se hacían y que hablara con otros muchachos de su edad. Era conveniente establecer lazos con gente que nos ayudara, pero, sobre todo, no quería que estuviera trabajando desde las tres primaveras hasta el final de sus días para no fallecer. Era un destino peor que la muerte.
        Con el tiempo, tanto su apariencia como la mía fue cambiando lo que, para la mayoría, fue justificación para el repudio pero, para unos pocos, la curiosidad abrió la puerta al diálogo. Ashy empezó a tener mechas rubias, alguna de ellas con un tono más saturado que rozaba el platino. Unas motas rojizas aparecieron en sus ojos castaños que estaban decolorándose acompañado de unas pecas que cubrieron su nariz. En mi caso, los cambios fueron mucho menos visibles pero destacaban en la morfología de los raizarros. El tabique nasal se rectificó perdiendo la forma aguileña típica y la pronunciación de mi mentón restó, adquiriendo un rostro más estereotípico del sur.
        Uno de los curiosos que se abrió con Ashy fue Gus, un niño regordete de pelo corto y ojos simplones, que gozaba del privilegio de ser sobrino del dueño de la mina. A diferencia de su tío, Gus era tan humilde como el resto del pueblo. Vestía chalecos oscuros de tela barata conjuntado con unos pantalones recortados a mano que le llegaban por las rodillas. Sus sandalias de mimbre solían tener enganchadas alguna seta por sus largos paseos que hacía junto a mi hermano. Ambos hicieron migas rápidamente y no era extraño que cada uno fuera a casa del otro a compartir mesa o jugar con lo que hubiera por el suelo.
        Un día como otro cualquiera, Gus vino a cenar caldo de hongos, receta tradicional en El Champiñar. Momentos antes de irse, un gran vendaval azotó el pueblo. La gente no tardó en refugiarse en sus moradas y bloquear tanto ventanas como puertas. Al viento se le sumó la lluvia que, unas horas más tarde, se convirtió en una mezcla de nieve con bolas de granizo de dos pulgadas de ancho. La Ventisca, caprichosa, alargó la tormenta más de lo habitual. Fueron hasta tres semanas las que el pueblo permaneció en inactividad. Cada uno tuvo que echar mano de su despensa.
        Las primeras horas con Gus fueron divertidas. Pensábamos que iba a ser una ventolera de noche y que, con el alba, el tiempo amainaría. Estuvimos jugando, relatando historias de terror y compartiendo chismes del pueblo. Cuando las horas pasaron a ser días, el único sonido que se escuchaba era el rugido de nuestras tripas. Estábamos cada uno colocados en uno de los agujeros que había en el suelo de madera a la espera de algún animal cuya madriguera se hubiera inundado. No hubo suerte.
        Al finalizar la primera semana de encierro, los tres estábamos tumbados de lado. El suelo estaba bañado por la bilis y diarrea que nuestro cuerpo expulsaba en señal de protesta por la falta de alimento. Algún que otro ratón apareció, pero no teníamos energía como para perseguirlo. Gus era el más afectado.
        Ashy y yo estábamos acostumbrados a estar días sin comer y, aunque esos días parecían cosa del pasado, nuestro cuerpo había desarrollado cierta resistencia. Gus sufría por todo lo contrario. La opulencia de su familia le valía para comer hasta tres veces al día. Estar sin comer un día para él fue demoledor, una semana lo noqueó. Estaba inmóvil, apoyado sobre su brazo, con los ojos entreabiertos no distinguiéndose si dormía o simplemente pensaba. Solo se movía para retorcerse de dolor al escupir la poca bilis acompañada de sangre que procesaba su estómago maltrecho. Ni siquiera hacía un intento de moverse al excretar. Tratamos de hablarle para mantenerlo entre nosotros, pero su única respuesta eran parpadeos intermitentes e irregulares.
        Al finalizar la segunda semana, cualquier signo de vida de Gus cesó. Como pudimos, mi hermano y yo nos arrastramos para comprobar si todavía respiraba. Varias pausas fruto del cansancio o necesarias para que nuestro cuerpo expulsara lo que necesitara, en ese punto era mayormente sangre, hicieron que tardáramos varias horas para el trayecto de un par de brazas.
        Gus había fallecido, tal y como nos temíamos. Tocamos el cuerpo y notamos que estaba ya enfriándose. Por mi mente cruzó fugazmente una pregunta: por qué no se había transformado en polvo. Sin embargo, no estaba en condiciones para teorizar.
        Nos agarramos a él para intentar incorporarnos y vimos que su cuerpo escondía un par de ratas que estaban comiéndose la carne de la mano derecha. Nos causó repulsión ver cómo dos dedos eran únicamente hueso y tejido colgante al que los propios roedores habían renunciando. Con el último atisbo de energía que conservaba traté de coger alguna de ellas. La más pequeña dejó el trozo de lo que parecía la yema del tercer dedo y escapó por uno de los agujeros. No obstante, la más grande no pudo zafarse. Soltó lo que parecía ser parte del lomo de Gus y me mordió varias veces la mano para tratar de liberarse.
        La estampé con el suelo y, por primera vez en una quincena, Ashy y yo pudimos comer algo. Su sabor era amargo y su textura chiclosa. La experiencia me decía que los sesos se habían mezclado con las partes carnosas, si es que se puede decir que una rata es carnosa, del lomo y lo habían aderezado con un regusto mucho más asqueroso.
        Su olor tampoco acompañaba. No solo por el hedor típico de las ratas, sino porque se estaban alimentando de un cuerpo que, estimo, había fallecido una semana atrás. Los órganos de las ratas se habían emponzoñado de la pestilencia que envolvía la sala y le había añadido un poco de cosecha propia. La tercera semana fue una de recuperación. El cadáver de Gus sirvió de cebo para que pudiéramos alimentarnos cada dos días aproximadamente. Siempre había alguna que se confiaba y entraba más de lo que debía en el agujero que tenía el estómago del chico. Nos sentíamos culpables, sobre todo, mi hermano, que lloraba con cada bocado, pero de ello dependía nuestra vida.
        Al cabo de veinte días de tormenta, su fuerza disminuyó y era posible salir al exterior con el equipamiento adecuado. Nosotros carecíamos de ello, pero el tío de Gus sí lo tenía y poco tardó en romper de una patada la débil protección de nuestra puerta de madera que nos resguardaba del frío buscando a su único sobrino. Su rostro se deformó en una expresión que jamás había creído posible.
        Tras golpearla, nos encontró a mi hermano y a mí durmiendo en el centro de la sala, ambos con boca y manos ensangrentadas y sucias. Gus estaba inmóvil al pie de la puerta. Las ratas habían devorado la carne del brazo derecho, el más cercano a la entrada, hasta la altura del codo. La parte lateral del cuerpo tenía al aire varias costillas y un agujero en la barriga que permitía identificar los órganos internos de un solo vistazo. Dentro había una rata resguardada dando a luz a centenares de crías.
        Por mucho afecto que hubiera, la pestilencia hizo retroceder al tío que, en un acto de coraje, se tapó la nariz y nos despertó de un puntapié en la cabeza a mi hermano y en el vientre a mí. Después nos acusó a viva voz de haber devorado a su sobrino para sobrevivir al frío. Para cuando la ventisca amainó por completo, éramos ya los caníbales de Las Raíces.
        Intentamos reparar la situación explicando que había sido víctima de las ratas y que ya había muerto, pero de poco sirvió. El siguiente lustro demostró que no nos habíamos comido a nadie, pero también reforzó la idea de que lo mejor era distanciarse de nosotros.
        La siguiente víctima fue Wunder, un ganadero con el que mi hermano había ganado trato antes de la muerte de Gus. De espaldas anchas y barba revoltosa, era una persona muy propia que solo obedecía a su instinto y fue el único defensor que tuvimos tras el acontecimiento de Gus. No tardó mucho en cambiar de bandos pues sufrió un accidente de caza la primera vez que Ashy le acompañó en busca de un jabalí. Un compañero suyo disparó una flecha desde unos arbustos confundiendo a Wunder con la presa y le asestó en el hombro.
        Eli, la única chica que se me acercó tras el incidente, y, probablemente, lo más parecido que he tenido a una amiga ingirió un champiñón alucinógeno durante un paseo. Cayó por un risco creyéndose que caminaba por el pasto. Sobrevivió pero no pudo volver a andar.
        Cuando mi hermano alcanzó la edad para trabajar, diez primaveras, entró como ayudante de Otto, un antiguo compañero de mi padre que no estuvo presente el día que falleció. Mi hermano no recordaba mucho del día, por lo que no protestó a lo que era una oportunidad para comer a diario.
        No duró mucho.
        Antes siquiera de que Ashy entrara en la mina, cuando Otto hacía las comprobaciones pertinentes para continuar con el túnel, hubo un derrumbamiento por apartar una roca que no debía y una avalancha lo aplastó.
        El resto de mineros, comandados por el tío de Gus, quisieron colgar a mi hermano por traer la mala suerte a la cantera.
        La lista de desgracias continúa hasta el punto en el que si ocurría algo en Las Raíces era culpa nuestra, aunque no estuviéramos implicados. Las estaciones fueron deformando la etiqueta de caníbal a maldito. Sin embargo, el remanente de Gus permaneció y me hizo buscar esa transformación en polvo que tanto nos sorprendió cuando fallecieron mis padres.
        En ningún caso más se dio.
        No importaba si era un accidente físico o un perjuicio económico, si era pequeño o grande o incluso si llegaba a implicar la muerte de alguien o algo, las nubes de polvo no volvieron a aparecer.
        La cadena de infortunios, aunque a estas alturas podemos ya estoy acostumbrada a escucharla como maldición; afectó mucho más a mi hermano que a mí. Pasó de ser un niño extrovertido, abierto y con ganas de conocer gente, a un alma solitaria que vagaba por el monte absorto en sus pensamientos. Se sentía culpable por todo lo ocurrido y los rumores, que no nos eran opacos, rezaban que todo comenzó con su parto, por lo que comprendía por qué se echaba la culpa.
        La relación conmigo también se enfrió, ya que trataba de quitarle esos pensamientos de la cabeza, a veces con más entusiasmo del necesario. Mi hermano no se daba cuenta que las voces de los raizarros estaban emponzoñando su mente hasta el punto en el que el ambiente entre nosotros se estaba tensando. Esto desembocó en la pelea de anoche y la que nos acabó separando.
        Ayer era el día previo a mi mayoría de edad y, aunque no iba a suponer un cambio en mi día a día pues no iba a inscribirme en el clero y mucho menos como guerrera, sí era una meta que me quitaba unos grilletes mentales que me llevaban atando demasiado tiempo. En condiciones normales, este hubiera sido el momento donde podía presumir de libertad total. En las mías, había estado guardando una especie de respeto hacia mis padres cumpliendo las obligaciones que me dejaron en herencia. Las dieciocho primaveras iban a ser el punto de partida de mi nueva vida.
        Tras unos meses de reflexión, interpretando la conversación en mi mente y explorando todas las posibles vías por las que podía desviarse; estructuré un plan donde le iba a contar a mi idea y no iba a poder rebatir.
        Era hora de irnos de El Champiñar.
        Quería emprender una aventura donde no fuéramos unos condenados, donde el tiempo no provocara inanición, donde pudiera ver el mar. Soñaba con ver un paraje que no mezclara tonos marrones con grises. Los rasgos atípicos de nuestra cara, que se habían intensificado con el paso del tiempo, era una señal de que no pertenecíamos a este pueblo. No éramos unos raizarros más.
        Esperé a que Ashy volviera de recoger los champiñones para la cena. Salía de madrugada y gastaba casi todo el tiempo del día en el monte a solas. Cuando el ocaso llegó, abrió la puerta con su usual mirada ausente y un cesto de mimbre repleto de setas blancas y marrones, de tamaños tan variopintos como uno se pueda imaginar. Le esperé expectante, aguantando la sonrisa por la emoción del momento. Al ver que no se percató, inicié la conversación:

        —Ashy, ya has vuelto. ¡Qué bien!
        —¿Qué bien? —me miró extrañado y se encogió de hombro.

        Se paseó por la sala hasta la otra punta para dejar el cesto y sacó una seta. Primero la sacudía contra el suelo, para quitar el polvo y la tierra restantes, luego agarró el cuchillo e hizo un tajo que rebanaba las raíces y, finalmente, la lavó en un cubo con agua del río. La agitó un par de veces para que no cayera agua y repitió el proceso con cada champiñón.

        —Sabes qué día es mañana, ¿no? —le pregunté mientras seguía en su meticuloso proceso.
        —Claro. Cumples la mayoría de edad. Es imposible olvidarlo con las veces que lo has dicho —se secó las manos en la camisa y me miró mientras cogía otra seta—. He estado buscando por el bosque para ver si encontraba algo para ti, pero no ha habido suerte —volvió a los vegetales.
        —No pasa nada, solo quiero que me digas que sí a lo que te voy a pedir.
        —Sorpréndeme.
        —Vámonos de Las Raíces. Al sur. Exploremos Eldos. Quiero que crezcamos más allá de estas montañas.

        No sabía cuál iba a ser su reacción. Jamás habíamos hablado de marcharnos de El Champiñar pero no había nada que nos retuviera. No había trabajo, no había familia, no había amigos. Era un lugar condenado para nosotros donde éramos una pareja de hermanos monstruosa que traía la desgracia. Esperaba algo de reticencia únicamente porque la idea venía de mí, pero consideraba a mi hermano una persona inteligente. Si se plantaba la semilla, quizá en sus andaduras al día siguiente aceptaba con reservas. No obstante, me encontré con una expresión que nunca hubiera pensado.
        Mi hermano, con menos de doce primaveras, me estaba lanzando una mirada de odio como si un soldado presenciara al asesino de sus camaradas. Dejó lentamente el cuchillo y se dirigió hacia mí con paso firme. Se colocó frente a mí y me agarró de los hombros. No fue hasta ese momento en el que me había dado cuenta de lo mucho que había crecido y la fuerza que tenía. Era un chico delgado, pero rozaba ya la braza de altura y tenía los músculos marcados. Apretó lo que me hizo emitir un pequeño gemido de dolor.

        —Vete tú. Yo no me voy.

        Me soltó y su mirada volvió a apagarse. Su atención desapareció volviendo a la limpieza de los champiñones. Estaba confundida. No había dado razones, no había dado voces como venía siendo habitual en las últimas lunas, no había dicho nada. Sabía que no era una decisión racional y, aun así, no lo había visto tan seguro en mi vida.

        —¿Qué quieres decir con que me vaya yo sola? —expresé en tono quejoso. Remarqué la protesta colocando los brazos en jarra sobre la cadera de forma involuntaria—. ¿Y qué harás tú aquí?
        —Lo de siempre.
        —¿Por qué no quieres venir conmigo?
        —Porque no.
        —Eso no es una razón.
        —Lo es para mí.
        —Pero soy yo la que te está preguntando.

        Me estaba sacando de quicio. Cada respuesta elevaba más el tono durante mi turno y eso hacía lo propio con el suyo. Íbamos a tardar poco en gritar.

        —Y yo el que te estoy respondiendo. No me quiero ir, Sora, acéptalo.
        —Me niego. Eres mi hermano pequeño. No te voy a dejar solo en Las Raíces —puse un tono de repulsión cuando mencioné el pueblo.
        —Lo mejor para todos es que me quede aquí.

        Bufé por la incoherencia de sus palabras.

        —Por supuesto que no. Eres el único que piensa eso. Esa gente —señalé a la puerta, al fondo, colocada a mi derecha— desea que te vayas lo antes posible. Alguno daría hasta su primogénito por ello.
        —Ese alguno daría a su primogénito por la promesa de una jarra de cerveza fría cada mañana.

        Ambos intentamos contener la risa. Mi hermano sabía construir tensión, pero también destruirla con una broma a destiempo que te dejara fuera de sitio. En este caso hablaba del señor Willy, apodado comúnmente como el mea-bebidas por su insalubre costumbre de querer beber y expulsar la bebida en el mismo recipiente ya que, según sus palabras: ambas tienen el mismo color, por lo que origen y destino tienen que coincidir. Las malas lenguas de los raizarros cuentan que ese ciclo tiene más fases.

        —Cuéntame, al menos, por qué no quieres marcharte —dije más afable.

        Suspiró y paró de cercenar champiñones. Me dirigió una mirada de pena, con una expresión dolida. Le di unos segundos para que recompusiera sus pensamientos y tratara de explicármelos. Tardó más de lo que creía:

        —Esto… Yo… —frenaba con cada palabra para reflexionar sobre la siguiente. Poco a poco se estaba enrojeciendo la cara—. Yo no quiero… Yo…
        —Ashy, no pasa nada, cuéntamelo.
        —No quiero… Que estés conmigo…

        En ese momento malinterpreté sus intenciones. Pensé que era un grito de independencia de un chico al que le estaban saliendo los primeros granos en la cara y con un bigote incipiente bajo la nariz. No fue hasta que, en solitario durante la noche, exploré el mensaje subyacente y me di cuenta que no quería estar conmigo para no lastrar con una persona maldita.

        —¡Eres muy pesado, joder! —exploté—. Siempre estás igual. Eres el niño solitario, el niño maldito del pueblo. Esos putos raizarros te dicen que te cargaste a madre y padre y tú, como el estúpido que eres, te lo crees.

        La expresión de mi hermano, que había sido de vergüenza hasta el momento por confesar un sentimiento íntimo, se tornó en pura ira.

        —¡Eres tú la que no se entera! ¿¡Cómo es posible que carguemos con once víctimas a nuestras espaldas y todavía sigas creyendo que es porque caes mal!? —había intentado sacar once dedos, pero, al no poder, cambió rápidamente una palma abierta por el índice levantado.
        —Esta gente solo busca sangre porque están amargados. Necesitan a alguien con el que cebarse.
        —¿Y tú qué sabes?
        —Porque ya lo hacían antes de que tú nacieras —mentí.

        No fuimos objeto de rumor hasta la muerte de nuestro padre, pero Ashy no podía recordarlo. El fragor de la batalla hacía que alterara la realidad, levemente, aprovechando la ventaja de edad para convencer a mi hermano. Esta vez, como otras tantas, funcionó y lo dejó algo descolocado.

        —No es cierto —dijo con más tono de pregunta.

        Vi una vía de ataque y arremetí.

        —Claro que lo es. De nuestro padre decían que era un borracho empedernido que compartía más su champiñón que los del monte y de nuestra madre…         —Ni se te ocurra seguir —me interrumpió con acento acusatorio. Me apuntaba con el brazo levantado para reforzar sus palabras.

U        na vez mi hermano adquirió cierta capacidad de raciocinio, alrededor de su sexta primavera, quiso saber qué le había ocurrido a nuestra madre. Hice acopio de las lagunas que tenía y las rellené con lo que mi padre me había contado. Traté de decorar un poco la situación eliminando partes sangrientas o gritos de dolor que un niño no debía escuchar.
        A raíz de ese relato, Ashy siempre evitaba hablar de nuestra madre. No se podía incluso mencionar sin que él soltara algún comentario pidiendo silencio o, sencillamente, se marchara del lugar para no escuchar.
        Estaba tan sulfurada con su actitud que no pude contenerme.

        —Y de nuestra madre pregonaban que era una bruja.

        Definitivamente no fue mi mejor mentira, pero la discusión había escalado hasta tal punto que ya no nos preguntábamos sobre la honestidad de las palabras.

        —¿Cómo? Jamás me habías contado esto.
        —¿Cómo lo iba a hacer si cada vez que la menciono sales corriendo? —me encorvé hacia delante.
        —Era una bruja… ¿Por qué decían eso? —preguntó con tristeza.

        Dudé durante un momento, cuestionándome si estaba yendo demasiado lejos, pero decidí continuar. Quizá servía como golpe de efecto para quitarle ya esa dichosa mentalidad victimista.

        —Porque hacía pactos con la Llama.

        En El Champiñar hay una religión politeísta dominada por tres entes: La Llama, La Ventisca y La Tierra. No hay ningún escrito sobre ellas, sino que se tratan más de un conjunto de leyendas a las que se les ha dedicado algún templo o rezo.
        Según transmiten las historias, La Ventisca representa la resistencia ante las adversidades, tal y como debemos actuar durante una. Se le describe como un ser caprichoso al que le gusta poner a prueba a sus feligreses y, si ve una respuesta favorable, recompensa marchándose durante mucho tiempo. La Tierra encarna los valores de la solidaridad y la compartición, el ser generoso con los demás. Sin embargo, su buena fe normalmente es castigada por los otros dos dioses, por lo que también sirve como advertencia de que una buena actitud puede llevarte a un mal destino. Finalmente, la Llama inscribe el papel del deseo de una fortuna venidera. El querer que haya un futuro cálido y luminoso. No obstante, obcecarse en esta idea te llevará a la desgracia y, tal y como dice la leyenda: te convertirás en cenizas por acercarte demasiado a la Llama.
        Aunque estos preceptos sean de conocimiento popular en toda la zona montañosa, ningún pueblo ha sido excesivamente creyente. Es más, si hay algo por lo que te puedan criticar, irónicamente pues usan las leyendas de La Llama para argumentarlo, es por ser muy devoto.
        Aderecé la mentira con un poco de realidad. Si bien es cierto que nuestra madre había rezado en alguna ocasión a La Llama, quizá hasta el punto de criticable por los raizarros cuando mi hermano estaba en ciernes de salir a este mundo, jamás había ido a ningún santuario o había pospuesto algún quehacer por consagrar a la trinidad.

        —Eso es… Imposible… —me respondió incrédulo—. Nuestra madre nunca haría eso. Nuestra mamá nos cuidaba… —dejó caer en un susurro.
        —Repite eso —le ordené de forma contundente. Me acerqué a él para mirarle fijamente la cara.

        Toda la ira, la fuerza y la firmeza que había demostrado desde que empezamos a hablar se había desvanecido en el momento en el que mencioné a nuestra madre. Ahora parecía un cachorro pululando en busca de alguien que le diera de comer.

        —Nuestra mamá nos cuidaba…—murmulló separando apenas los labios.
        —¿Cómo tienes la desfachatez de decir eso? —comencé a gritar y Ashy se achicó en un rincón junto al mueble donde cortaba las raíces—. Nuestra madre murió hace más de una década. Si seguimos aquí es por padre, por ti y, especialmente, por mí —cada palabra que decía iba acompañada de un gesto que la reforzaba—. He sido yo quien ha estado haciendo todo lo posible para que tú pudieras dar tus paseos por el monte durante días enteros.

        Mi hermano se recogía en su esquina y yo le encerraba más con cada paso.

        —He sido yo quien nos ha protegido. Quien ha mantenido esta casa en pie, quien te alimentó durante decenas de tormentas.

        Ashy había dejado de mirarme, tenía la vista clavada en el suelo.

        —¿Ya no recuerdas por qué dejaron de llamarnos caníbales? ¿Tampoco cómo conseguiste ese día de trabajo en la mina antes de que se derrumbara? ¿Ni de los mareos, cagaleras y vómitos de los que te he cuidado porque ingerías las setas que no debías en tus paseos?

        Ambos teníamos lágrimas incipientes, pero por distintos motivos. En mi caso, sentía una impotencia abismal por haberme dedicado durante los últimos ocho o nueve primaveras, ya ni lo sabía, a cuidar a mi hermano y a mí misma en contra de todo y ver que, realmente, mi hermano no apreciaba nada de eso. Por parte de Ashy, me había cabreado varias veces, aunque nunca así. El chico estaba asustado.

        —¡Mírame y responde! —espeté.

        Mi hermano asentía mientras subía lentamente la cabeza para encontrarse con la mía. Las lágrimas caían a borbotones.

        —Ahora sí te acuerdas de todo, ¿no? —clamé insatisfecha con la respuesta, pero sin saber qué quería—. Cuando te lo digo yo, sí te acuerdas de todo, ¿eh? —di dos palmadas contra la pared para encerrarlo entre mi cuerpo y los tablones de madera.

        En uno de los movimientos golpeé sin querer la tabla donde estaban las piedras de nuestros padres, que se hallaba sobre el mueble en el que Ashy trabajaba las verduras. La de mi madre, la pequeña, salió disparada. La conversación se detuvo solo para ver la trayectoria e intentar cogerla. Ambos fuimos hacia el centro de la sala donde calculamos que iba a caer, pero fue mi hermano, de un salto desde el suelo, el que la atrapó sin un rasguño. La abrazaba contra el pecho, con los brazos cruzados, mientras me miraba con recelo y la cara todavía enrojecida por el llanto. Yo me quedé a medio camino.

        —Lo has hecho a propósito —gruñó.

Sentí el impulso de decirle que así era aunque fuera mentira. En las últimas primaveras, había desarrollado una especie de adicción a la discusión donde, por más que nos gritáramos o insultáramos, no quedaba a gusto. Incluso si el debate se había solucionado, mi cuerpo me pedía más gresca. En esta ocasión, sin embargo, supe contenerme:

        —Claro que no, Ashy —no usé un tono conciliador pero, al menos, mi voz era serena—. Yo nunca…
        —Mientes —me interrumpió. Sus ojos tenían cada vez más un foso de rabia—. Siempre mientes —sospechaba que era más un insulto que una afirmación que realmente pensara—. Estás resentida con mamá porque se fue y nos dejó solos. Ahora quieres irte tú también.

        Esas palabras resonaron en mi interior. El problema era mucho más profundo de lo que había imaginado. Me relajé al comprender un poco más la situación y vi con perspectiva una imagen que me hizo sentir mal. Una adulta había arrinconado a su hermano pequeño hasta constreñirlo y llevarle al llanto mientras sujetaba lo único a lo que podía llamar madre: una piedra negra del tamaño de un dedo.

        —Ashy, yo no…
        —Si quieres abandonarme, ¡hazlo ya! —golpeó el suelo con el puño.
        —Pero es que quiero que vengas conmigo.
        —Eso también es mentira. Te sientes mal por mí, pero nadie quiere estar conmigo. ¡Nadie!
        —De verdad que sí…
        —Maté a mamá, a padre, a Gus…—lloraba tanto que apenas se le entendía—. Yo invité a Gus y murió por mi culpa. Con el señor Otto ocurrió lo mismo. Eli no puede caminar porque os dije un camino peligroso. El señor Wunder lleva postrado en cama desde la herida, es un hombre vacío… Traigo la desgracia. Nadie quiere estar conmigo. Nadie debe estar conmigo…

        Intenté acercarme despacio para consolarlo. Quería despejarle el flequillo como tantas veces había hecho, pero en cuanto me percibió me rechazó lanzando un manotazo al aire y continuó con su retahíla.

        —Todos se han ido. Todos os queréis ir. ¡Pues marchaos!

        Se incorporó torpemente. Se limpió las lágrimas con el antebrazo derecho, mientras en la izquierda agarraba con fuerza la piedra de nuestra madre.

        —¡No quiero saber nada más de ti, Sora! ¡Adiós!

        En ese momento echó a la carrera hacia la puerta, que abrió con un rápido movimiento de muñeca para no darme tiempo a articular palabra. Dejó la entrada bamboleándose de par en par y vi como se perdió en la maleza.
        No encontraba ningún vocablo para describir lo mal que había ido la conversación.
        Su tamaño engañaba y me costaba reconocer que seguía siendo un prepuberto. Pero mucho más difícil que eso, era admitir que yo todavía no era una adulta. Seguía teniendo salidas de tono impropias y dificultad para gestionar una situación en la que yo era claramente la autoridad.
        No sabía qué esperar ahora de mi hermano. Por una parte, ante el enfado actuaba igual que yo: a las pocas horas se le pasaba y se comportaba como si no hubiera sucedido nada. Esa adicción es temporal y, si no tienes nada que lo alimente, se termina acallando. Sin embargo, esta había sido la mayor discusión que habíamos tenido. Los trapos sucios habían salido a la luz y veíamos con una perspectiva diferente al otro, o eso quería pensar. La falta de una madre hecha y derecha, no una hermana que se vio obligada a sustituirla, junto con las habladurías del pueblo sobre su supuesta maldición, habían penetrado en la psique de mi hermano hasta arraigar en su cabeza un trauma tan profundo que no sabía si iba a superar algún día. Yo había puesto en viva voz pensamientos que solo acudían a mi cabeza de forma fugaz y demostraba un rencor hacia mi vida actual que nunca me había planteado.
        Estaba claro que iba a ver más conversaciones referentes al tema y ninguna iba a ser sencilla, pero, para ellas, necesitaba a mi hermano. Por lo que me tocaba esperar.
        Traté de distraerme con un repaso mental de los quehaceres del día siguiente mientras seguí cortando los champiñones de mi hermano. Al menos los que quedaban intactos. Se ve que rompí algunos pisándolos sin darme cuenta durante la discusión.
        Hice un recuento de lo que debía hacer a la mañana siguiente: lo primero iba a ser preparar un caldo de hongos con los filamentos y las setas más pequeñas que había en la cesta, por lo que debía ir al río y recoger un par de cubos de agua; después, debía cancelar el carruaje que tenía apalabrado en dirección al sur, el resto del día sí seguiría la rutina habitual de limpieza en el río y algún recado con el que me pudiera ganar una moneda de bronce.
        El cansancio se cernió rápidamente sobre mí. La noche ya había llegado y una luna rebosaba en el cielo en el apogeo de su tamaño. No recordaba haberla visto tan grande en mucho tiempo. Iluminaba el camino de vuelta a casa, lo que me venía bien para saber cuándo volvería Ashy. No era un camino transitado y mucho menos en plena noche.
        Saqué una serie de mantas cosidas entre sí que hacían las veces de colchón y lo coloqué en el suelo, frente a la única ventana de la casa, donde podía observar la entrada. Me tumbé con la mirada fija, pensativa, y, sin quererlo, el sueño me venció antes de que mi hermano volviera.
        Fue una noche intranquila en la que me desperté varias veces. Pesadillas sobre mi hermano me asaltaban al poco de cerrar los ojos. Una vez lo vi cayendo por el precipicio, de la misma manera en la que había ocurrido con Eli; otra, mucho más imaginativa, rompía la piedra de mi madre y La Llama le quemaba en un fuego perpetuo que no le dejaba descansar.
        En una tercera pesadilla, la peor de todas y con la que me levanté de un respingo cubierta entre sudores fríos; mostraba a Ashy alejándose por el yermo marrón y demacrado de Las Raíces hacia el horizonte. Conforme más se alejaba, todo a su alrededor iba perdiendo color hasta transformarse en un espacio completamente negro. Me vi a mí misma, observando impotente, como mi hermano se iba, mientras estaba tumbada, sin dar importancia a nada de lo que estaba sucediendo.
        La última ensoñación, la que consiguió desvelarme por su parecido con la realidad, no tenía que ver con Ashy, sino conmigo. Me encontraba en la misma disposición, tumbada en el suelo mientras tenía la mirada perdida por la ventana. De la nada, iluminado por la luna, la silueta de un guerrero con armadura se interponía. Por el contraluz, era incapaz de reconocer ningún rasgo de la persona, salvo por su fisionomía alta y corpulenta. La silueta se agarró a la parte inferior del marco, con ambas manos, formando una mancha difusa de dedos que parecían aferrarse con fuerza.
        Su rostro parecía apuntarme. Me incorporaba hasta sentarme y, preocupada, retrocedía unos palmos empujándome con manos y piernas por el suelo. El guerrero permaneció inmutable. Le espeté que se marchara. Otros segundos inmóvil. Le volví a gritar para que se fuera, asustada sobre lo que podía estar pensando. La silueta giró la cabeza mirando a su alrededor, haciendo caso omiso de mis advertencias. Un par de movimientos después, levantó una de las manos para cargar un golpe contra la ventana. Estaba aterrorizada. Me levanté deprisa y cogí el cuchillo de los champiñones con ambas manos, con la parte puntiaguda apuntando a la silueta. La sombra se contuvo. Cedió y se esfumó.
        Me desperté y con el cuchillo tirado en el suelo cerca de mi rostro. Había también algunas raíces de setas esparcidas. Supuse que algún gesto brusco de las pesadillas había traspasado la barrera entre lo real y lo onírico y había atizado la mesa de madera desparramando lo que había sobre ella. Suerte tuve de que el cuchillo cayera de lado.
        Me incorporé y vi que Ashy seguía sin volver. Ya no podía esperar más. Fui a por una de las pocas mantas que restaban guardadas y me la atavié por encima de los hombros para cubrirme torso y brazos. Cruzó por mi mente que La Ventisca estaba haciendo de las suyas, en un inesperado pensamiento que me hizo levantar las cejas y abrir los ojos. Rara vez usaba este tipo de expresiones. Me até los botines, que me cubrían por encima del tobillo, y estremecida por la suma de las pesadillas y el frío, encendí la vela del candelabro oxidado y salí de la casa en búsqueda de mi hermano.
        La tenue luz naranja de mi vela se complementaba con la blanquecina de la luz, pero ni siquiera la combinación de ambas mejoraba el campo de visión. La oscuridad del bosque devoraba cualquier foco. No quise alejarme mucho de casa. Seguía cauta por el recuerdo de la silueta.

        —¡Ashy! —grité—. ¡Ashy! ¿Dónde estás? ¡Vuelve a casa!

        Dio unos pasos hacia la izquierda como si fueran a marcar la diferencia y alcé más la voz.

        —¡Vuelve, Ashy! ¡Hablemos!

        Unos pasos en diagonal hacia la derecha. Sin perder el camino que finalizaba en nuestra morada.

        —¡Ashy no puedes estar toda la noche fuera! —le reprobé. Entonces, pensé que recriminarle la charla por la que se fue no era la forma de atraerlo. Chisteé ante la derrota, pero mi hermano era más importante—. ¡Perdón! ¡Tienes razón! ¡No debería haberte dicho de sopetón que nos fuéramos! ¡Debí haberte tenido en consideración primero! Esperé unos segundos para ver si las profundidades me devolvían el silencio.

        Nada.
        Unas zancadas más a la izquierda, debía haber unos doscientos pies de vuelta. Fui a vociferar, todavía más alto, pero el aleteo de los pájaros me recordó dónde estaba. El chillido se transformó en un tono cercano que fue cayendo hasta un susurro.

        —Ashy, vuelve…

De repente, todo fue objeto de sospecha. Analizaba cada detalle en la oscuridad. ¿Esa rama se había movido? ¿Qué era ese crujido del suelo? ¿Había pisado un palo? ¿Un insecto tal vez? ¿Por qué empezaba a oler a quemado? ¿Quién estaba moviendo las copas de los árboles? ¿El viento, una bandada de pájaros? ¿Hacía más calor? Me quité la manta y la coloqué bajo el brazo derecho, con el que sujetaba la vela. ¿Por qué hacía más calor? Un segundo, ¿no estaba la llama de la vela más viva ahora que cuando salí? ¿Otro sonido? ¿Era metálico? ¿Una sombra camina hacia mí? No. ¿Se ha ido o nunca estuvo? ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba Ashy?
        Volví directa a casa mientras gritaba el nombre de mi hermano, cada vez con menos esperanza de encontrarle y con más de que estuviera lo más alejado posible de ese lugar. Había algo extraño en el ambiente, presentía una desgracia y no me equivocaba.
        Nuestra casa estaba en llamas.
        Corría mirando a mis espaldas por lo que no me di cuenta hasta que una ola de calor me golpeó, pero la madera estaba ardiendo en una fogata que se elevaba varias brazas. Frente a la puerta, casi inmerso en el fuego, estaba la misma silueta del sueño. Esta vez protegida por los fogonazos amarillentos a sus espaldas.

        —¿Creías que ibas a escapar? —impuso su voz metálica sobre el crepitar del fuego.

        Estaba atemorizada. No podía articular palabra, se rompían antes de que pudiera pronunciar la primera sílaba. El hombre se rio y dio un par de zancadas en mi dirección. Dejé caer la vela, cuya llama había crecido tanto que empezaba a cocerme la muñeca y retrocedí trastabillando y cayendo de espaldas al suelo. Cuando alcé la cabeza, su yelmo, negro como el tizón, con dos cuernos dorados que se deformaban hasta apuntar al cielo y un penacho poblado y blanco; me escudriñaba con una risa de latón como banda sonora. Sentía un calor abrasador.

        —Da igual quién sea yo —dijo como si leyera mis pensamientos. Se acuclilló para que estuviéramos a la misma altura—. Y da igual quién seas tú, lo importante es que no vas a escapar.

        Aproveché su discurso para recoger grava del suelo y tirársela en la visera para cegarlo y poder escapar. No podía dar crédito a lo que vi.
        La ola de arena se evaporó antes de que recorriera el palmo que había de distancia entre nosotros. No hubo ni un solo grano que impactara en el yelmo. Todos se habían sublimado. En ese momento, unos ojos blancos puros, donde el iris era invisible, aparecieron al subirse el ala.

        —¿Te rindes ya?

Me agarró de la muñeca derecha y me la calcinó completamente. Era un dolor indescriptible. Sentía como su piel atravesaba la mía y abrasaba cada uno de los músculos y huesos que conforman la articulación. Un vapor empezó a surgir de la presa y las zonas colindantes no tardaron mucho en cubrirse de ampollas de distintos tamaños que crecían e, inmediatamente, explotaban debido a la presión liberando un líquido amarillento que bañaba mi palma. Tras repetir cuatro o cinco veces el proceso, todo en cuestión de unos segundos, cambiaban la pus por sangre que se alternaba entre la cauterización y la expulsión, deformando la mano hasta transformarse en una especie de red de cicatrices cuyo control ya no me pertenecía. La carne que tenía bajo la mano del guerrero la había dejado de sentir.
        Me arrastró las pocas varas que quedaban hasta donde una vez estuvo la puerta de casa, ahora solo había un amasijo de cenizas a modo de bienvenido, y me lanzó al interior. Su gesto fue leve, alguien podría definirlo incluso como gentil, pero no sería mi caso. Crucé toda la estancia en el aire y me estampé contra los tablones de madera que resistían a las brasas. El choque me hizo escupir mucha sangre y derribó la pared, cubriendo mi cuerpo con quintales de madera ardiendo.
        Sentía punzadas por los costados y sobre las piernas. Mi brazo derecho, el que me había agarrado aquel hombre, estaba bajo un tablón y pensé que era mejor así. Luché para salir fútilmente. Antes del primer esfuerzo, la armadura negra había cruzado tranquilamente caminando y se aproximaba. Se puso sobre mí, con una pierna en cada lado, encerrándome bajo él y se contorneó hacia delante sin doblar las rodillas, en un ángulo perfecto. Su torso derritió la madera que sobre mí, la mayoría transformándola en ceniza caliente que me abrasaba el cuerpo. La poca restante, no llegó a calcinarla con su presencia y se acabó soldando a mi piel suturando nuevas cicatrices.
        Estaba tirada, inválida, con la piel quemada por completo, astillas y trozos de madera me impedían moverme, por no hablar de mi muñeca derecha a la que no sabía lo que le había ocurrido. El hombre se acercó lo suficiente como para deshacerme los párpados para que le observara, destrozando por completo mi nariz que se transformó en una deformidad de una sola salida.
        En ese momento, estalló en carcajadas.
        Ni siquiera podía protestar. Tenía la boca tan seca y caliente que me era imposible emitir cualquier sonido que no fuera el silbar irregular de mi malograda napia.

        —Casi me das hasta pena —continuó con otra carcajada—. Pero no te dejaré marchar, prefiero que mueras aquí a verte crecer.

        Un destello recorrió mi mente unos segundos resumiendo la última conversación que había tenido con mi hermano. La Llama, la piedra de nuestra madre, el querer marcharme para crecer. No podía creerlo.
        Sentí un golpe de calor mucho más poderoso que el que había sentido hasta el momento. Perdí la percepción del tiempo y del espacio. Era incapaz de ver nada, todo estaba completamente en negro. Mi cuerpo había dejado de ser mío. Ya podía levantarse y marchar al río que yo no me hubiera enterado. Sentía la lengua seca, menuda, casi como si tuviera vergüenza. Mis oídos captaron un suave silbido que, en otro tiempo, hubiera definido como palabras pero ahora no dejaban de ser un intento de comunicarse entre mundos en un camino unidireccional. A ese dulce eco respondí:

        —No… Ashy… Por favor…

        Creía haber contestado con sentido, pero ya nada podía decírmelo. Luego, un dulce pinchazo acabó con el dolor.

CAPÍTULO 1

        Tras varias horas de camino rodeando el bosque, vi a lo lejos una posada donde se respiraban aires de festejos. El humo de la chimenea delató al edificio y la multitud de carros apostados en la entrada era un indicativo claro de que estaban abarrotados. Decidí probar suerte y ver si era posible tomar una jarra de hidromiel antes de descansar.
        Según me fui acercando pude ver los detalles de la construcción. Era mucho más grande de lo que aparentaba en el horizonte. Sus tallas de madera alzaban un techo cubierto de paja varios metros y la base era robusta gracias a los bloques de piedra que la sujetaban. En las paredes exteriores colgaban diferentes cuadros de tela de personas a las que no reconocía pero cuyas proezas habían sido dignas de ser enmarcadas. La planta baja, como me temía, era una juerga. Las camareras no daban abasto para satisfacer la demanda de comida y, sobre todo, bebida de sus clientes, en gran medida masculinos, que se abrazaban los hombros y entonaban cánticos. O, al menos, lo intentaban con mucha energía.
        No era el lugar ideal para relajarse, pero entre comida caliente y un catre o volver a dormir en el pasto húmedo que parecían anunciar las nubes negras que me seguían desde el bosque, tenía claro qué prefería.
        Llegué a la puerta y esperé a poder hablar con alguna camarera para que me dijera dónde podía sentarme.

        —¡Aparta!

        Un hombre barbudo y con melena pelirroja de gran estatura me empujó con su hombro para entrar. Lo acompañaba otro más joven, de cabello largo y rubio con nariz abultada muy característica. El segundo me dirigió una mirada forzosamente amable en señal de disculpa.

        —Disculpe… —susurré agachando la cabeza.

        El pelirrojo se giró y me miró con enfado, apretando los dientes y cerrando los puños. Vestía una camisa de lino grisácea con el cordón de la garganta desatado. Iba remangado.

        —¿Qué has dicho?
        —Se ha disculpado, no te pongas así con él—intervino el rubio. Agradecía que me hubiera defendido. No tenía ganas de meterme en problemas—. No debe tener más de quince primaveras, mira lo confuso que está.

        Dejé pasar que me hubiera restado más de diez primaveras y me incliné en señal de disculpa. El pelirrojo emitió un gruñido y se marchó. El rubio se despidió ladeando la mano con una sonrisa que percibí como cínica mientras seguía por detrás a su compañero.
        Una de las camareras había estado viendo el rifirrafe desde la distancia pero sin dejar de trabajar. Nuestras miradas se encontraron y le hice un gesto subiendo los hombros acompañado de una sonrisa incómoda. Ella, con una mueca, me respondió desviando la vista hacia una silla vacía en la barra. Entendí el gesto. Esperar en la puerta solo me iba a traer más problemas.
        El asiento estaba al fondo del bar. Caminé esquivando a algunas camareras que trabajaban a destajo y la filarmónica que ya había sustituido los cantos por berridos desacompasados. Se me escapó una carcajada al escucharlos.
        La barra estaba dividida por un pasillo central que comunicaba la cocina con el comedor. En cada parte de la barra había un trabajador sirviendo bebidas a una decena de clientes. La comida, por otro lado, solo la traían mujeres. Desde mi posición podía ver cómo circulaban los platos y un pequeño resquicio de las ollas cuando las puertas se batían.

        —Perdone… —traté de llamar al cantinero que estaba en la otra punta de la barra.

        Lo busqué con la mirada pero no había manera. El hombre había cogido dos docenas de jarras y estaba llenándolas con el grifo del barril a una velocidad pasmosa mientras tenía la mirada fija en una de las camareras.
        Levanté el brazo y comencé a agitarlo. El señor, con un bigote poblado y canoso, vestía un gorro verde que tapaba el poco pelo que le restaba. Su sayo verdoso estaba lleno de lamparones y espuma de cerveza. Mis movimientos hicieron efecto y salió de su ensimismamiento. Me hizo gesto con la mano izquierda, todavía con expresión sobria, para que entendiera que cuando pudiera me atendería. Le respondí levantando el pulgar pero su mirada ya había vuelto a la camarera a la que le iba a entregar las bebidas.
        Mientras esperaba, miré el interior de la posada. Las vigas de madera interna servían de lienzo para numerosas tallas que decoraban el local: nombres, símbolos, cortes de alguna que otra pelea de borrachos y garabatos inteligibles hechos por estos últimos. También colgaban una ristra de banderines que alternaban unos triangulares con el fondo gris y una piedra rectangular negra con los bordes morados y otros con forma de escudo en el que se dibujaban dos torres unidas a través de un puente.

        —Es el estandarte del pueblo —me sorprendió el camarero con la mirada puesta en el banderín de las torres —. Muchos viajeros piensan que esto es una posada para los que vienen del bosque pero realmente se construyó para los que salen del pueblo. Somos su último bastión antes de emprender una aventura —dijo mientras hacía un gesto de comillas con los dedos con gesto serio.

        No quise reconocer que yo entraba dentro de esos viajeros equivocados.

        —¿Tanta gente se va del pueblo esta noche? —pregunté siendo consciente de que no era así.

        El hombre torció su expresión.

        —Primero dime la bebida.
        —Ah, sí, claro. Deme… Bueno, ¿qué tiene? —me apoyé en la barra, pero estaba pegajosa y levanté sutilmente los brazos para meterlos entre las piernas mientras sostenía mi alforja.
        —¿Eres nuevo, chico? —fui a responder pero elevó la voz para dejar claro que era una pregunta retórica—. Tenemos hidromiel, vino, cerveza y agua del pozo. La cerveza y el hidromiel son fuertes —me recorrió con la mirada—, yo de ti optaría por el agua.
        —Pues es que…

        Quería beber hidromiel, pero la actitud del cantinero me dejó bastante claro que no me la iba a servir. Dudé sobre qué responderle.

        —Bertnard, atiende a aquel que se está impacientando. Yo me encargo de este —era la camarera que me había atendido con la mirada.
        —¿Segura? El chaval carbura lento, eh.
        —No te preocupes, no quedan muchas comidas en sala.
        —Luego que no me toque escuchar tus quejas.

        El bigotudo se ajustó el gorro y se marchó farfullando al otro extremo de la barra donde un hombre estaba golpeando la barra con la jarra vacía mientras gritaba que se la rellenaran.

        —De todas las personas que han pasado por aquí, creo que nunca había visto a nadie tan despistado.

        La mujer me hablaba muy cerca para que pudiera entenderle bien. Su acento delataba que no era de esta comarca. Llevaba recogido su pelo rubio ceniza en una coleta que le llegaba un poco más abajo del cuello. Su cara redonda, con unos ojos verdes y una nariz delgada, ambos rasgos a los que no estaba acostumbrado a ver. Su sonrisa delataba que esperaba un titubeo como respuesta, divertido para ella, incómodo para mí.

        —No es despiste, es que pienso demasiado las cosas.
        —Vaya —admitió sorprendida—, si esa lengua sabe hacer algo más que dudar. ¿Y pedir sabe?
        —Sí.

        Hubo un silencio. Ella me miró impaciente. Yo la desvié para contemplar el suelo. Un suspiro borró su sonrisa.

        —Quiere que le diga lo que hay, ¿verdad?
        —Por favor.
        —Para beber hay alcohol y agua. No tenemos nada del otro mundo. De comida tampoco hay mucha elección. Guiso, carne sazonada, pescado y, si se siente valiente, algunos mariscos.
        —¿Si me siento valiente?
        —Los moluscos adultos de esta costa desarrollan veneno para que no se los coman. Pescamos siempre los más pequeños, pero nadie nos asegura que sean crías.
        —Entonces, voy a pasar.
        —¿No le apetece jugársela? Qué pena —dijo decepcionada. No sabía si era genuina o muy buena fingiéndola.
        —Para otro día.

        Cerré el tema de los moluscos con una sonrisa incómoda. Me puse a pensar qué quería. La bebida iba a ser hidromiel, eso lo tenía claro. Además, con la no recomendación del cantinero bigotudo me habían entrado más ganas de pedir una jarra. La comida era otro cantar. Por un lado, lo que mejor acompaña al dulce de la bebida era un buen trozo de carne sazonada. Por el otro, estaba que mi ropa seguía húmeda y un buen caldo caliente como era el guiso resultaba muy apetecible. El pescado no me acababa de convencer, pero era un plato suculento por su rareza. Extraño era la estación en la que podía ingerir alguno. Levanté la mirada para pedir recomendación y me di cuenta que la camarera ya no estaba.
        Busqué desde mi asiento por la sala. Estaba cargando jarras para un par de mesas en el centro del local. Me miró e hizo dos gestos: se dio con el índice en la sien unas cuantas veces y luego se lo llevó a los labios. Entendí que no tenía tiempo para verme pensar, que se lo pidiera cuando me decidiera. Le levanté el pulgar dudando y me sonrió. Volvió a atender a los comensales de la mesa.
        Me conocía lo suficiente como para saber que no iba a elegir por más vueltas que le diera. Disfruté de las vistas que el comedor ofrecía, así vería cada plato y el más apetitoso me acompañaría esa noche.
        En una mesa colindante a la barra, un grupo de mujeres vestidas con pañuelos pintorescos que le cubrían la parte superior del torso y unos pantalones blancos degustaban la carne. Venía en un plato de madera grueso, con vetas oscuras. El trozo probablemente era de cerdo, deshuesado, dorado en horno de piedra hasta que tintarle unas quemaduras por la parte superior que hacían destacar la sal. Venía junto a unas verduras chamuscadas. El olor acariciaba mis fosas como si de un hada conjurando se tratara. Podía sentir el sabor solo con el humo que me llegaba.
        Un poco más lejos, un bardo marcaba el ritmo de los cantares de un par de adolescentes con brío. En la mesa había un par de guisos marrones con alguna verdura flotando, pero estaban ya fríos. Me llamó la atención, sin embargo, las tres cucharas usadas. La comida no parecía ser lo único que compartirían esos tres aquella noche.
        Mientras pivotaba para mirar otros platos, una de las camareras cruzó por delante de mí cargando con dos platos de moluscos y uno de carne. Estaban recién hechos y se podía ver cómo la salsa de la sazón todavía burbujeaba. Sin embargo, el marisco, conformado por criaturas blanquecinas y moradas, habían matado cualquier atractivo por el hedor a mar que irradiaban. Definitivamente había hecho bien descartándolos.
        Finalmente, busqué algo del pescado pero ni un solo comensal lo había pedido. No sabía si la camarera se había equivocado o había llegado demasiado tarde. En la posada el porcentaje de carne frente al puchero era abismalmente ganador para la sazón. Ya tenía cena.
        Volví a buscar a mi camarera favorita, la única que me prestaba atención. Estaba recogiendo los cuencos de unos guisos de una familia humilde que empaquetaba las cosas. Me vio al momento. Le hice otra vez el gesto con el pulgar, no sabía de qué otra manera indicarle que ya lo tenía decidido. Me respondió con la misma expresión, la suya con mucha más decisión, y me dedicó una de sus sonrisas. Noté que se daba más brío a la hora de recoger los platos. Al cabo de un minuto ya estaba frente a mí.

—Bueno, bueno, Lord Decisiones, ¿ya sabe lo que quiere?
        —Sí, he estado viendo un poco lo que comía la gente y me he dejado llevar.
        —Oveja, ¿eh? —se rio como si ambos entendiéramos la broma—. Eso está bien, hay ya suficientes guerreros.
        —Disculpe, no entiendo…

                Un hombre de mediana edad se acercó para interrumpir la conversación. Me dedicó un gesto rápido con las manos en señal de disculpa y su atención pasó a la camarera.

        —¿Podemos ir subiendo? —preguntó mientras señalaba a unas escaleras al fondo.
        —Si han pagado ya la noche no hay problema. ¿Cuántos son?
        —Seis.
        —Pues les recomiendo que cojan las dos habitaciones del fondo del pasillo si no están ocupadas. Son las únicas que tienen tres lechos. Si no, deberán pagar por un tercer catre o dormir en el suelo.
        —De acuerdo.

        El hombre se marchó sin mediar más palabra.

        —¿Tienen para pasar la noche? —pregunté ingenuo sabiendo ya la respuesta.
        —Y por un extra lavamos la ropa.

        Cogí la indirecta. Dormir en la intemperie no solo me había mojado la ropa, sino que también estaba cubierta de lodo, lo que no mejoraba mi, ya de por sí cutre, vestimenta. Mi camiseta de lino estaba teñida de verde del pasto, así como agujereada por los insectos. Lo complementaba con un abrigo negro, de cintura tan destrozado o más que la camiseta. Los pantalones avellana también fueron víctimas de los habitantes del bosque y parecían más dos piezas de vestir que una. Las botas y mi alforja de cuero burdeos fueron los únicos supervivientes.

        —No me vendría mal —dije mientras me azuzaba el pelo y caían briznas con un poco de tierra—. Pero primero la comida. Como te he comentado, he estado atento viendo qué pedía la gente.
        —Le interesa un buen plato de carne, entonces —me interrumpió.
        —Al contrario, quería preguntar por el pescado.

        La mujer comenzó a reírse y se llevó ambas palmas a la cara para cubrirse. No acababa de entender qué le había hecho gracia.

        —Quería saber por qué nadie lo pide —continué—. ¿Se acabó cuando me lo ofreciste?
        —Creo que ha sido la única persona en todo el ciclo lunar que pregunta por él —aclaró la camarera sin dejar de reírse. Sus carcajadas eran contagiosas y, poco a poco, mi sonrisa apareció con ellas—. Me da que es de montaña.

        No le faltaba razón. Mi pueblo natal, Las Raíces, estaba al sur del sistema montañoso que conforma El Champiñar, aunque hacía más de una década que me había marchado de la zona. Algunas actitudes no se quitan nunca, pensé.
        Antes de que pudiera reafirmar mi origen, ella aclaró lo que quería decir:

        —En un pueblo costero como este, sus habitantes están ya… —paró unos segundos y chasqueó los dedos buscando la palabra precisa— ¿hartos? Sí, hartos del pescado. Todo el mundo los trabaja y los come. Por lo que, cuando tienen oportunidad de pagar para comer, eligen la carne de jabalí.
        —Entiendo —asentí pensativo mientras reflexionaba sobre mi decisión.
        —¿Quiere un plato de pescado?
        —No, bueno, es que…

        Al ver que comenzaba a dudar, la mujer tomó las riendas de la conversación.

        —Mira, voy a marchar un plato de pescado que te va a venir muy bien. Si es de montaña lo va a saborear más todavía. Muchos clientes me lo han reafirmado.
        —Está bien. Si lo dice.
        —Confíe en mí. Quiero lo mejor para los clientes, así vuelven.

        La mujer no tenía pelos en la lengua a la hora de hablar pero tampoco había dicho ninguna tontería.

        —Me fiaré. De bebida, me gustaría una jarra de hidromiel.
        —¿Hidromiel? —repitió inspeccionando mi cuerpo—. ¿Seguro que lo puede aguantar? Mira que las de aquí están cargadas.

        La advertencia me dio una punzada en el orgullo. Que una mujer de poco más de cinco pies de altura viera a un cliente de más de nueve palmos y le preveniera sobre los peligros del alcohol me dejaba en muy mal lugar.

        —Estoy seguro. He tomado antes y más de una jarra —aclaré apagando el tono.
        —Si Lord Decisiones así lo desea, no seré yo quien se lo impida. El pescado puede ser que tarde un poco.
        —No hay problema.
        —Bertnard, dale al chavalín una jarra de hidromiel —gritó mientras se encaminaba hacia la cocina.

        El hombre bigotudo levantó una ceja y me dedicó una mirada un tanto despectiva pero no tardó en servirme.

        —Veo que has tardado poco —ironizó mientras me lanzaba la jarra deslizándose por una parte de la barra.

        Le dediqué gesto forzado como respuesta y cogí la bebida. La miré unos segundos dudando de si realmente era tan fuerte. Su color era de un tono anaranjado, mucho más oscuro que las que solía consumir en Las Raíces. Acerqué la nariz y olisqueé. Me llegó un aroma extraño, muy diferente al alcohol que había ingerido. Paseé el dedo por el canto del vaso, trazando la circunferencia completa, como si de un ritual que rebajara el alcohol se tratase.
        Entre el barullo del gentío sentí varias miradas clavadas en mí. Era ese tal Bertnard y los dos hombres con los que había chocado en la entrada. Estaban los tres mirando hacia mí y riéndose. El rubio mantenía la compostura y trataba de ocultar su sonrisa. Por contra, tanto el pelirrojo como el cantinero estaban rotos a carcajadas hasta el punto en el que el bigotudo estaba agachado con un brazo en la barriga.
        Al dirigir mi vista hacia ellos, no cejaron en las risotadas sino que las complementaron con gestos impacientes para que bebiera. Querían comprobar que esa jarra de hidromiel era demasiado para mí. No les iba a dar la razón.
        Agarré el asa con mi puño derecho y, sin dejar de mirar al grupo, tomé un trago que se tradujo en la mitad de la jarra. Las risas acrecentaron, con el rubio rompiendo su fachada y acompañándolos, al verme cómo lo escupía.
        La bebida estaba demasiado dulce como para no hacerlo. El nombre no le hacía justicia. Miel había, y mucha, pero hidratante no era. Se trataba de una especie de pringue al que habían aguado para que fuera una bebida y no una comida. Lo peor de todo era que apenas se notaba el componente de alcohol.
        La rabia de haber quedado en vergüenza por lo contrario a lo que creían se disipó con el tronar de las trompetas. Un hombre menudo se subió a la mesa central de la sala, la única redonda de toda la posada y de unas dimensiones muy superiores al resto. A su vera estaban dos trompetistas idénticos en apariencia pero contrarios en color. Uno vestía una tela verde que le cubría el cuerpo entero, mientras que la del otro era morada. Ambos alzaban sendos instrumentos de los que colgaba el mismo blasón de las torres que estaba repartido por las paredes de la posada.
        El sujeto subido a la mesa vestía de forma más opulenta y detallada. Con una especie de boina negra que solo le cubría la parte trasera del cráneo. Su sayo era de un grisáceo claro, camuflado bajo una capa rojiza con, nuevamente, un emblema que resaltaba las torres y el puente. Las calzas blancas tenían encajes dorados que parecían representar el surco de un río. Unos zapatos oscuros impolutos delataban su privilegio.
        Tras el sonar de las trompetas para llamar la atención de la posada, cosa que consiguieron, el hombre rebuscó en su capa y sacó un papel de menos de un palmo de alto. Miró a toda la sala y comenzó a leer con un tono neutro y seco:

        —Bienhallados sean los presentes. Como ya sabrán, de ahí su presencia en este antro —añadió de su propia cosecha—, dentro de una semana se celebrará en Dos Torres el festival trianual donde el rey, en toda su magnificencia, declarará su amor incondicional al pueblo y a su amada, Lady Rose. El festival durará tres días en el que se celebrarán los tres eventos que más unen al pueblo: una competición de pesca en nuestro espléndido mar —escuché un bufido de protesta. Vi que la camarera me había traído el pescado y se había quedado a mi lado escuchando—, un festín en la travesía real y un…
        —¡Un torneo! —exclamaron todos los presentes al unísono.

        La posada se colmó de gritos de júbilo, golpes en las mesas, bebidas que caían dado los bruscos gestos de celebración. El hombre sobre la mesa tenía los dedos en los oídos y miraba con expresión aburrida. Al ver que no cesaban, le dio un par de puntapiés a los trompetistas en el hombro para imponer sus melodías.
        Los músicos entonaron un grave pitido que calmó los ánimos y permitió al noble continuar con su discurso:

        —Y un torneo real compuesto de una justa para los caballeros y enfrentamientos de armas para cualquiera dispuesto a asumir el riesgo —los vítores volvieron a interrumpirle—. Los ganadores optarán a un saco de plata o a ser parte de la guardia real, el sueño de cualquiera —volvió a complementar. Terminó con voz quejosa—. Cabe recordar que solo aquellos realmente egoístas tendrán la fuerza necesaria como para llegar a ser alguien.

        Varios, entre ellos la camarera a mi lado, parecían no entender a qué se refería con esa última oración. A otros les cortó la vitalidad de golpe, mientras que a un grupo singular en apariencia, les hizo dar un brindis entre ellos. Yo entendía perfectamente lo que significaban esas palabras.
        El hombre finalizó el discurso agradeciendo al rey por su magnanimidad y aclarando que era Qason, un representante real. Cogió la parte posterior de la hoja, donde había un sello rojo que verificaba la autenticidad de sus palabras y la clavó en uno de blasones que había en las vigas verticales. Tras eso, bajó de la mesa y se dirigió a la salida escoltado por sus trompetistas. El ruido se reanudó con las palabras de Qason como tema principal.

        —Con que un torneo, por eso estaba viniendo tanta gente —reflexionó en voz alta la camarera.
        —¿Nunca has visto ninguno?
        —¿Y tú sí? —mi pregunta parecía haberla molestado.
        —He escuchado bastante sobre ellos. El último pude verlo, pero me marché antes de que terminara.
        —Con que no has participado. No te pega estar en eventos como ese.
        —Todavía —le corregí.
        —Ya, claro —se rio —. Cómete el pescado, anda.

        Empujó el plato para ponerlo frente a mí y se marchó, no sin antes volverse para despedirse con la mano mientras seguía sonriendo. Dudé sobre si detenerla. Quería decirle que ese “todavía” implicaba que me iba a tomar parte de este. Quería hablar con ella sobre el torneo y sobre mí. Quería tener alguien con quien hablar. Pero para cuando decidí qué hacer, la camarera había vuelto a su cometido.
        Miré el plato de pescado a la plancha acompañado de un puñado de arroz para darle el primer bocado.
        Estaba ya frío.

CAPÍTULO 2

        Tras el discurso de Qason la noche pasó a ser más caótica incluso. Muchos de los invitados quisieron demostrar su preparación para el torneo en peleas donde era más raro que el golpe impactara a que lo evitaran. El grupo de bailarinas actuó con una danza sobre la mesa redonda que desvió la atención momentáneamente. Algunas personas ponían en marcha su montura de vuelta al pueblo, aunque la mayoría subían a la segunda planta para echarse en su catre. Entre ellos estaba el juglar que no tuvo que pagar habitación.
        Por mi parte, me comí el pescado frío y pedí un par de cervezas. No puedo evitar miradas de rareza al ver cómo mezclaba cerveza con el hidromiel para subirle el grado de alcohol pero ya estaba en el punto de mira desde que pedí la primera bebida.
        Cuando el ritmo de la noche bajó y solo hacía falta rellenar jarras pude hablar con más tranquilidad con la camarera. Me contó que se llamaba Eva y que había venido a Dos Torres hace algo menos de dos primaveras desde el otro lado del mar. Entre idas y venidas para servir, fuimos avanzando en la conversación hasta un punto en el que cogió un taburete y lo aproximó al mío. Ahí fue cuando la charla derivó en el torneo:

        —Con que no has participado en el torneo todavía —hizo especial en la última palabra—, y ¿a qué está esperando Lord Decisiones?
        —A que empiece. Esto sí lo tengo claro.
        —Vaya, ¿no crees que es un poco peligroso? —puso una expresión de genuina preocupación.

        Me fijé en que había dejado el lenguaje cortés a un lado, por lo que opté por hacer lo mismo.

        —Estoy preparado —admití sonriente mientras me golpeaba el pecho con el puño.
        —No sé yo —dudó unos instantes antes de añadir—, ¿qué interés tienes en participar? Es que veo a estos hombres —paseó la mirada por la posada. Solo quedaban guerreros, ya fueran peleando, bebiendo o durmiendo en la tarima; casi todos de gran tamaño— y no siento que encajes… Esto…
        —Ashy. Me llamo Ashy.

        Con el devenir de la conversación había olvidado presentarme.

        —Ashy… —reflexionó mientras me escudriñaba—. ¿Es por el pelo o por los ojos?

        Se quedó mirándome buscando el sentido de mi nombre. No sabía cómo explicarle que mi apariencia no había sido siempre así. Rara vez nace alguien con el pelo gris plateado y los ojos color ceniza con motas rojas carmesí en las pupilas. Menos aún si se habla con un raizarro.

        —Los nombres no tienen un sentido, ¿no? ¿Por qué te pusieron a ti Eva?
        —En mi país significa fuente de vida.
        —¡Qué bonito!
        —No tanto como parece. Ser fuente de vida —entrecomilló sus palabras con un gesto de dedos— allí es un término que se usa para las mujeres a las que obligan a copular para reproducirse tanto como sea posible. Las mujeres que nos llamamos… —rectificó— que se llaman Eva están condenadas a ser vientres de toda la aldea.

        Aparté la mirada incómodo. Del rostro de Eva se había desvanecido la sonrisa y hablaba entre suspiros dejando que las palabras resbalaran de sus labios.

        —Según nuestras leyes, se debe esperar a la mayoría de edad para llevar a cabo el destino que se te encomendó —notó mi expresión de tristeza y añadió más alegre—, pero yo no se lo iba a poner tan sencillo. Una semana antes de mi decimoctavo cumpleaños, cuando la mayoría de preparativos estaban ya completos, me escabullí en el único navío del puerto. Fueron unas semanas complicadas hasta que llegué a Dos Torres, aunque no sabía que este era el destino, pero aquí me hallo. Tan mal no me ha ido, ¿no?

        Me sorprendió la presteza con la que cambió de humor durante su relato y la facilidad con la que escondió lo que pensaba que era una genuina tristeza bajo risotadas, bromas y expresiones de júbilo.

        —Pero tampoco que te quedes mudo, Ashy, no me he olvidado que estábamos hablando del torneo. Ahora no escurras el bulo.
        —El bulto —le corregí— Un bulo es una mentira que…
        —¡Lo estás haciendo otra vez! Escurrir el bulto —repitió con recochineo.
        —Está bien, está bien. Participo en el torneo porque lo voy a ganar.

        Lo dije con verdadera confianza. Estaba seguro de que iba a ganarlo. Casi seguro. Al parecer, no supe transmitir esa seguridad a Eva porque cuando acabé la oración con orgullo por haberla expresado en alto su rostro era una mezcla de duda e indiferencia.

        —Si no me lo quieres contar, dímelo directamente, pero no me vengas con estas milongas.
        —Es la verdad. Voy a ser el mejor guerrero del torneo.

        Antes de que acabara de hablar, Eva se giró en el sitio y miró en la barra a los pocos clientes que seguían consumiendo. Al más cercano, un hombre de pelo castaño y mirada perdida pero robusto de cuerpo, le chistó. El cliente se volteó desvelando su cara repleta de cicatrices.

        —Perdona, ¿cómo te llamas?
        —Karic.
        —Karic, ¿vas a participar en el torneo?
        —Sí.
        —Y vas a ganarlo, ¿a que sí?
        —Por supuesto, si no para qué participo.
        —Gracias por las sabias palabras.

        Eva se volvió hacia mí dejando a Karic con la palabra en la boca, quien parecía que quería añadir algún alarde más.

        —¿Ves? Es una respuesta general —su mirada expresaba que me había pillado.
        —Quieres decir genérica, pero es la verdad.
        —O sea que crees que puedes vencer a Karic —preguntó señalando al hombre que tenía a su espalda.

        Karic, que no se había desentendido de la conversación, permanecía expectante a mi respuesta. Sus ojos buscaron los míos para confirmar si mis palabras eran para ligar con la única chica que me había dirigido la palabra o si, realmente, iba a ser un rival con el que lidiar en un futuro. No quería mentirle a Eva, pero tampoco provocar una trifulca.
        Tragué saliva.

        —No lo creo —hice una pausa —. Estoy seguro.

        Eva se sorprendió tanto que casi se desencaja la mandíbula. Karic, por su lado, alzó una ceja, echó un bufido y volvió a su bebida. No supe interpretar qué significaba.

        —Vaya con Lord Decisiones. A veces haces gala de tu nombre.
        —Dudo menos de lo que piensas, ¿no?

        Soltó una carcajada.

        —Si tan seguro estás de tu victoria, ¿qué premio vas a pedirle al rey? Un guerrero de tu destreza no puede estar por ahí con ropa de dormir en el paso.
        —Es un secreto.
        —¿Cómo? No me puedes dejar ahora así. Tengo que saber si te veré más por aquí.
        —¿A qué te refieres?
        —Si te haces caballero real, vivirás en Dos Torres y podremos tener más charlas como esta —acercó su asiento al mío dejando menos de un pie de distancia— pero si solicitas el saco de plata, te marcharás tal y como viniste —su tono se entristeció—. Cuesta encontrar a gente con la que se pueda hablar por aquí. No sabía qué responderle. Las palabras de Qason escondían mucho más de lo que aparentaba y sabía que ninguno de los dos premios era lo que buscaba del torneo.

        —Yo también me lo estoy pasando muy bien contigo, Eva. Pero es que.. —se enfurruñó— ¿Cómo te diría?
        —Lo capto. No hace falta que sigas.
        —No puedes captarlo porque ni yo mismo sé exactamente cómo decirlo.

        La situación se había tensado rápidamente. La perenne sonrisa de Eva se había marchitado al igual que toda la confianza que existía entre nosotros. La última vez que tuve una fue con mi hermana Sora y acabó de la peor forma posible.
        Tras una discusión por lo que ahora me parece una tontería, escapé de casa con una roca que representaba a mi madre. Lloraba, fruto de la frustración al sentirme incomprendido por la única persona con la que podía hablar, mientras corría por el bosque en dirección a un arroyo montañoso que había por la zona. Al salir de la arboleda, me resbalé con una roca húmeda y perdí el conocimiento durante casi toda la noche.
        Me desperté al alba, aturdido y con varios cardenales repartidos por el cuerpo. Confuso me levanté estudiando la zona. Tardé en darme cuenta que no era la misma en la que me había golpeado. Estaba en un yermo oscuro, con marcas de carbón por el suelo, al que nunca había atendido.
        La piedra de mi madre había desaparecido.
        Inspeccioné el lugar, levantando cada piedra y apartando los tumultos de tierra extrañamente apilados cerca de mí. Tras varios minutos escarbando, resignado, levanté la mirada y vi una columna de humo negra que comenzaba a desvanecerse. Me dirigí hacia la misma con cuidado de no caerme.
        Conforme me fui adentrando en el bosque, iba reconociendo más el lugar pero también había más cambios: los árboles tenían las cortezas dañadas, había animales, sobre todo pájaros, tirados en el suelo, con dificultades para moverse; las copas eran cada vez menos pobladas… Al final, entre los troncos vislumbré donde debía haber estado nuestra casa pero solo había restos de madera quemados.
        Asustado, corrí en busca de mi hermana. Estaba recostada, en posición fetal, desnuda; con espasmos involuntarios por el dolor. Su piel estaba calcinada. Apenas había superficie que no estuviera cubierta de una costra oscura y dura. Tenía pústulas por todo el costado y su cuerpo estaba bañado en pus fruto de las ampollas que el mismo fuego habría originado y explotado. Su cabello había desaparecido casi por completo, unos mechones marrones quedaban como el recuerdo de una melena engra que le alcanzaba la cintura. La parte izquierda de su cara había perdido toda la carne. Se atisbaba la redondez de sus ojos por el hueco que revelaban las cuentas, una de sus fosas nasales se había fusionado con la otra, impidiéndole respirar. De su boca había desaparecido el labio superior y la mejilla.
        Muchos pensamientos recorrieron mi mente en ese instante pero uno lideró sobre el resto. Me di cuenta de lo que ya intuía: no éramos los hermanos malditos, era únicamente yo.
        Acepté mi sentencia, berreando como el crío que era, y vi a mi hermana desvanecerse en una nube de polvo inmensa que se concentró en su corazón y transmutó en una piedra similar a la de mis padres, pero muchísimo más grande. Del tamaño de mi torso, decidí honrar el recuerdo de mi hermana y, tal como ella quería, emprendí mi camino más allá de Las Raíces. Iba a ser un errante sin más condenas que la mía propia.
        No quería añadir a Eva en mi lista.

        —No le preguntes por el premio, va a ser mío.

        Karic intervino en la conversación con una sonrisa. Se había levantado de su asiento, con la jarra ya vacía, y se había parado de camino a la salida. Estaba junto a Eva, apoyando la mano en el hombro de la camarera. Sin embargo, su mirada estaba clavada en mis ojos. Su cuerpo rezumaba alcohol, pero las intenciones no parecían las de un ebrio.

        —¿Cómo dice? —preguntó Eva descolocada.
        —Que no tiene que pensar en el premio porque lo voy a ganar yo —repitió Karic con menos confianza.
        —Ah, ¿sí? —me miró expectante. Le había vuelto su sonrisa—. ¿Algo que decir, Lord Decisiones?

        Karic me miró y guiñó un ojo por detrás de Eva. No me lo podía creer, me estaba ayudando. Me animé y me uní al juego.

        —Es una pena que pienses que hay premios para los segundones.

        Karic se rio aceptando de buen agrado la broma.

        —El escuálido tiene agallas, ¿eh? —me ofreció la mano—. Me llamo Karic, aunque ya lo habrás escuchado por tu chica. —Ashy—respondí el saludo—, pero ella no es….

        Quise corregirle pero me interrumpió con otra risotada. Su fachada era totalmente contraria a su personalidad. Su pelo castaño empezaba a clarear y había más vello facial que en la cabeza. Las arrugas laterales de los ojos se contaban a pares con varios puntos negros acompañando a las cicatrices. Le faltaban algunos dientes, lo que no le impedía presumir de sonrisa cada vez que podía. Su actitud era lozana y la antipatía de sus rasgos escondían una persona con una presencia amable.

        —Espero que nos veamos en la arena. No dejes que tus palabras sean vacías, muchacho —dijo con otra risotada—. A ti también espero verte, chica.
        —¿A mí? ¿Cómo voy a participar yo en eso?
        —Animando, me refiero. Hay una grada para el público, aunque con lo baja que es la arena, subiéndote a una silla ya te vale para vitorear a tu amorcito.
        —¿Y cómo es que me entero ahora? —respondió con tono de reproche—. ¿Tú no fuiste a la última, Ashy? —Es verdad, se me olvidó comentártelo —me excusé.
        —Nos vemos la semana que viene, parejita —se despidió Karic.

        Avanzó un poco hacia la puerta, pero se detuvo justo a mi lado unos segundos observando la alforja que tenía en el pantalón. De ella sobresalía un trozo con múltiples aristas puntiagudas de la piedra que una vez fue mi hermana. Se quedó embobado mirándola mientras Eva seguía quejándose del torneo. A los pocos segundos trató de cogerla. La retiré todo lo rápido que pude. Solo llegó a tocarla con el pulgar y el índice.

        —Pero ¿qué haces? —le grité.
        —¿Qué ha hecho? —Eva no estaba entendiendo nada.

        Karic y yo nos miramos fijamente durante unos segundos, escudriñando el rostro del otro, tratando de prepararnos para el siguiente movimiento. Mi grito alertó a los pocos clientes que quedaban en la posada que se giraron para observar el posible conflicto con el que cerraría el turno. Tenía agarrada la alforja con las dos manos.

        —Nada, perdona, solo quise comprobar una cosa —respondió en tono de disculpa Karic. Puso la mano por detrás de la cabeza y pareció obligarse a hacer un par de reverencias a modo de perdón.

        Dudé sobre si creerle o no. No había sido una acción fortuita. Mientras reflexionaba una respuesta, Karic se me acercó y me agarró los hombros con sus palmas. Le sobraban un par de dedos que quedaron colgantes.

        —Ya veo que tus palabras no son vacías —me susurró mientras miraba la alforja—. Espero que nos encontremos en el torneo. Retiró una de las manos y la pasó por debajo de un hilo de cuerda que tenía alrededor del cuello, mostrándome así su collar: una piedra negruzca y plana, de no más de una pulgada de grosor y diámetro. Tenía forma circular con los bordes irregulares. Tras un par de segundos, la bajó, sonrió y me guiñó nuevamente el ojo.
        —No va a haber lucha ahora, caballeros, para ello asistan al torneo —gritó mientras salía de la posada.

        El resto de comensales volvieron a sus conversaciones. Eva miraba por encima de mi hombro a la puerta que seguía meciéndose.

        ¿Qué moca le ha picado?
        —No tengo ni idea —respondí mientras, todavía nervioso, miraba mi alforja.

Context

These are the first three chapters of my debut novel, The Ashes of a Curse, which is currently a work in progress.